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The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

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The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

Mensaje por Chitose el Vie Mayo 30, 2014 9:36 pm

Un gran día para una excursión, ¡sí señor! El sol relucía de forma extraordinaria, los pájaros cantaban, las nubes daban sombras de vez en cuando, ¡pero el cielo en general estaba despejado! Un gran día... ¡¡un gran día para explorar!! Que los condenados papeles se quedasen esperando tranquilamente en su escritorio -para su próxima incineración- y que reposaran~ Ser papel debía ser algo duro, y con mucha razón, pero ciertamente eran unos sádicos a los que les encantan hacer que las personas se rompan las manos escribiendo, ¿aunque eso no sería ser también masoquistas? ¡Los papeles eran SM! ¡¿Qué diablos?! Ahora los papeles le producían más rechazo, qué malo es divagar.
Mientras el rey reflexionaba sobre aquello, miraba por la ventana la ciudad, sin expresar nada en particular, hasta que una sutil sonrisa surgió en sus labios, y se dirigió a la salida con su petate, lleno de todo lo necesario, y un bostezo acompañó sus pasos, mientras que caminaba imperciptiblemente por el castillo, pues se lo conocía al dedillo del tiempo que había estado en él, encargándose de todos los que vivían fuera de la edificación.
Tras un corto lapsus de tiempo, consiguió salir sin ninguna traba, y todavía sin relajarse ni un momento, no creyente de su actual salida, avanzó rápidamente hasta mezclarse homogéneamente con el resto, y así, lo que era su desconfianza, disminuyó en cierta medida, pero se sentía fuera de lugar entre aquellos que eran sus súbditos, a los que se supone que debía proteger. Era asfixiante, y lo ponía nervioso, siendo esto inevitable. Evitaba chocar con los demás, aunque varios niños, a los que veía de vez en cuando, se pegaron a él como sanguijuelas, y uno por uno, como sacos de patatas, los cargaba y los devolvía al redil -lo que era sentarlos en un banco-. Los pequeños eran tan ligeros, que numerosas veces el gobernante se cuestionaba sobre su estado de salud. ¿Comerían bien? No había leído nada de hambruna en los informes... ¿O lo eran por el hecho de ser niños? ¡Si los podría lanzar como una lanza! Ya nada tenía sentido... plumas metamórficas, asunto cerrado...
Tras el transporte de los sacos de patatas, retomó su camino hacia el lugar que pasaba por su mente, pero se detuvo al ver la taberna con las puertas abiertas y el jolgorio que se escuchaba procedente del interior. La fiesta de cierta manera lo llamaba a entrar en el local y quedarse ahí hasta la mañana siguiente, pero no, hoy su salida había sido por otro motivo, y tenía que irse, con amargura, pero volvería a por al menos a por una copa y unas risas.
Finalmente, el híbrido entró en el bosque, dejando el límite de la ciudad, y caminaba entre lo que era natura rebosante de vida y fauna salvaje, prácticamente lo que había sido su hogar hasta hace unos años. Cuando había avanzado una concreta distancia, se echó a la hierba con una sonrisa, cual niño que recibía un regalo, y se estiró, quizás desperezándose, pero se vio interrumpido cuando vio aquellos ojos bicolor mirarle por encima, y dio un salto, poniéndose recto, y dio un paso atrás, colocando una mano sobre el lugar donde se encontraba el corazón —¡¡Casi me das un infarto!! ¿¡Qué me has puesto, un vigilante, animal, un hechizo?! —tras este incidente, comenzaron una conversación, y tras intentar evadir con palabras a su consejero varias veces, no pudo evitar que se uniera a la excursión. Se imaginaba lo que a éste se le había pasado por la cabeza, pero no estaría tan desencaminado, por lo que no le reprendió ni nada parecido -algo referido a lo confiable que era, seguro-.
Siguieron el camino que el mismo rey marcaba, manteniendo una ligera conversación, pero sobre todo, Chitose le planteó la duda de los niños pluma al querubín, creyendo que la sabiduría de un ángel más viejo que incluso Safir, es decir, una reliquia histórica de edad incalculable, pero quizás se podía contar si el querubín era capaz de hacer unos cálculos, que seguramente tomarían tiempo realizar.
Un rato hablando hizo que ese tiempo fluyera con rapidez, y llegaran a la entrada de lo que era una caverna. Su vista se posó en el semblante nervioso de su acompañante, lo que era inusual—Seiran, ¿te ocurre algo? No me digas... ¿claustrofobia? ¿Te da miedo lo subterráneo? —no lo hacía con mala intención, sino por saber lo que a su consejero le parecía estar atormentando, pero orgullosamente, negó el hecho, como si fuese el tipo más valiente del mundo, traducido en el lenguaje de Chitose, apechugar —Bueno, si tú lo dices... ¿Vamos? —vivaracho, el rey dio unos pasos hacia adelante, y asegurándose de no resbalar, bajó una pequeña cuesta conformada por piedras de variados tamaños. Al pisar suelo más o menos firme, con una sonrisa suave, en sus manos apareció una esfera luminosa. El de ojos ámbar giró su cabeza para mirar de reojo al de cabellos negros, y lo miró sonriente, pero con compasión al mismo tiempo, sabiendo que el ambiente no le era a gusto —Si no te resulta agradable, puedes irte, ¿sabes? Ni que se me fuera a derrumbar la caverna encima —dijo despreocupadamente.
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Re: The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

Mensaje por Seiran el Sáb Mayo 31, 2014 1:29 pm

Sol y silencio. ¿Hacía ya cuanto que había dejado de observar el cielo con los mismo ojos inocentes de una vez? Si en un principio su devoción pertenecía únicamente al cielo sin dudar, ahora, las cosas estaban bien diferentes. Había perdido la confianza depositada desde su creación en el cielo y su creador, aun cuando pensó que sería imposible sentir aquél sentimiento de duda y desesperanza. Un pesado suspiro escapó de sus labios y su cuerpo se recostó lentamente contra el tronco de un árbol cercano, no temió a los insectos que podrían molestarle ante su acto, porque, principalmente sabía que no se acercarían a él por su principal ser celestial. Safir era un reino que si bien le despertaba oscuros recuerdos seguía considerando hermosa, tenía sus lugares hermosos y eso no lo podía negar, aunque en el fondo su odio era profesado hacia el subsuelo de la ciudad, no aquello que pacíficamente vivía en lo alto. La Tierra y el cielo pertenecía a Dios, el subsuelo, ya no era su dominio y por ello lo aborrecía tanto... O quizás, simplemente era una mera escusa. Y aun así, en aquella ocasión su destino estaría aun unido al rey de aquella ciudad bañada en luz y, aunque intentara escapar de él escondiéndose en el bosque, nada podía impedir que lo volviera a encontrar, tal y como en aquella ocasión. Fue un mero encuentro fortuito, o eso quiso pensar... ¿Qué era aquello que le unía al rey más que una palabra? Le habría resultado fácil simplemente negarse a sus palabras y haberle dejado partir en aquella "aventura" él solo, Entonces, quizás por mala suerte o, debido a la gracia divina él terminó por acompañar aquél muchacho que poco sabía de gobernar un reino hasta quién sabe que recóndito lugar.

Así fue como le siguió, a pocos pasos de él, charlando en armonía y en un tono de voz tan usual para él, sutil, calmado, paciente... ¡Pues él era un ángel! ¿Cuál era su final si su edad era la misma que el mismo mundo? Se sintió abrumado de golpe, ese tiempo era demasiado, incluso para él, aunque miles de años los había pasado durmiendo, su corazón, si es que tenía uno, había seguido latiendo, su alma había seguido vagando más sus manos no habían podido impedir que crueldades pasaran, había visto guerras y fiestas por igual, quizás demasiado... Pero aun estaba allí, de pié, caminando como si nada tuviera que esconder, al menos, hasta que Chitose habló. Lo que vio le asustó, sus orbes, normalmente calmas al igual que su propia persona, se abrieron levemente más y su rostro, manchado por la calma se vio en valía del nerviosismo. ¿Era eso lo que él pensaba que fuera? ¿Una cueva? Pero no fue lo único, las palabras del rey le hicieron sobresaltar levemente. ¿Él? ¿Un ángel, claustrofóbico? Debía de estar bromeando, debía de ser eso. Pero, sin saberlo, Chitose se acercó demasiado a la verdad. —¡Claro que no!— ¿Por qué estaba dispuesto a seguir? Si tanto odiaba estar encerrado en piedra, bajo suelo, en la oscuridad y falto de aire. Aun así, supuso que dejar al rey ir solo no le causaría más que problemas y por ese mismo motivo, orgulloso se calló y siguió adelante, aun cuando de sus labios aquella pequeña mueca de nerviosismo no desapareció. Siempre había sido así, desde aquél día en que había sido liberado de su encierre y devuelto una vez más a la tierra de los mortales, solo que de ellos, ni uno solo quedó de pie. Habría tenido que ser fácil... Al fin y al cabo él no podía ver... O eso pensarían las personas. El alma del Querubín vagó sin descanso y aunque extendiera su mano, la sangre de inocentes siguió manchando su cuerpo durante siglos. Nadie fue en su ayuda, siquiera el superior ser que le había dado vida.

Pisó con cuidado cada piedra que había bajo sus pies y en algún momento fue Chitose quien se le adelantó una vez más, pero, en esa ocasión no protestó, simplemente siguió a su ritmo, cuidadoso, calmado. ¿Pero qué hablar de los alrededores? Piedra fría y vegetación que parecía susurrar a compás que el ángel descendía. ¿Quién había dicho que era un caído? Sus alas si bien manchadas por los pecados, aun no podía sobrepasar su amable ser, lentamente, dependiendo del futuro, sus alas tomarían el color oscuro de un caído o el blanco correspondiente a su especie, solo el tiempo sería capaz de decirlo. Con cuidado posicionó una mano en la roca y bajó finalmente hasta el mismo nivel que su monarca, mas este interrumpió una vez más el silencio con sus palabras. Seiran levantó sus orbes de diferentes colores y las entrecerró, casi como si intentara ver algo inexistente. Terminó por negar y esbozar una sutil, casi imperceptible sonrisa en sus labios. —Te acompañaré. Nunca se sabe lo que podría suceder, parece ser una antigua caverna y aunque suelan trabajar en ella, la madre naturaleza suele ser inesperada.— Quizás sabría protegerse de un derrumbo, pero, no terminaba de confiar ciegamente en aquél chico y, en el fondo, el hecho de ser un ángel a veces servía de ayuda, las plantas no se atreverían a lastimar y, la culpa recaería sobre él si algo le sucedía al monarca de Safir, no estaba pues de acuerdo con cargar con la culpa. —En cuanto a tú duda existencia, seguramente los niños te parecieran pluma por estar acostumbrado a mucho más peso. Si cargas la primera vez con treinta kilos pero después levantas algo del doble de su peso, cuando vuelvas a levantar el objecto menos pesado parecerá que pesa aun menos.— Le pareció graciosa su duda en el momento en que se la planteó, pero dada su sorpresa solo en aquél momento pudo volver a recordar y responder como debido era. Se acercó lentamente al monarca y escondió sus manos entre sus largas mangas. —¿Nos adentraremos mucho?— Preguntó en un sutil susurro, ladeando a un costado su rostro, esperando que la respuesta fuera negativa, quería volver.
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Re: The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

Mensaje por Chitose el Dom Jun 01, 2014 12:00 am

El monarca comenzó a avanzar por la caverna, que al principio, se encontraba a oscuras, salvo por la luz que él mismo llevaba, y rió ante el comentario del querubín —Sí, hay veces en las que te pega una coz, como una cabra, ja ja —la risa del individuo hizo algo de eco en la cueva, pero no demasiado. Sus sentidos se concentraron en el lugar, por si se le podría pasar algo por alto. El instinto de Chitose le gritaba que había algo fuera de lugar en aquel sitio,que estuviese atento, y listo para saltar y atacar. Si no fuera porque algo que quería se podía encontrar en esa caverna, no habría entrado, pero aun así... era tan interesante. Muy pocas veces se había adentrado en espacios como aquel, pero todas sus expediciones eran una emocionante aventura, aunque la sensación de que el techo se le venía encima se repetía en cada una de ellas, lo que lo ponía nervioso en cierta forma, pero hoy estaba confiado, además de que aquella caverna lo dejaba extrañamente relajado, ciertamente... ¿Será eso de que después de la calma viene la tempestad? Ni él lo sabía, pero cuanto menos problemas tuviera, mejor.
Pensativo, su mirada se fija en aquella luz que procede de un mineral del techo-una luz azulada-, y de que la pared salía un pequeño chorro de agua —Wauu, ¡agua! —sin esperar al otro, se dirigió al chorro, y primero probó a colocar su mano izquierda bajo éste— Aaaah, está bastante fresca, qué gusto~ —sin decir nada, bebió un poco, y tras acabar, su limpió la boca con la manga, incorporándose. Giró la cabeza, y miró a su consejero— Deberías beber, está deliciosa, Seiran— una sonrisa brotó en el rostro del joven, y asintió internamente al ver como le había hecho caso. Pararon un momento ahí, y Chitose contemplaba impresionado el mineral del techo— Sí que es luminosa... —dijo, en parte, para sí mismo.
Tras un rato hablando con Seiran, retomaron la marcha, aunque no le pasaba desapercibido la agitación del ángel, la cual quizás fuera por ir adentrándose más y más. Tampoco se iba a pasar la eternidad en ese sitio, sería aburrido.  Solo lo necesario, y si en un rato no encontraba nada, se iría.
Siguió avanzando, y observaba encantado las pequeñas luces de los minerales —Es increíble, ¿no crees? Otro día vendré yo y quizás explore más—su actitud era igual a la de un niño curioso y tenaz buscando tesoros. ¿Qué misterios escondería esa cueva? ¡No podía dejar de pensar en eso! Puede que la curiosidad matase al gato, pero no mataría al Chitose, una especia única e irrepetible, como los Seiran. ¿Dónde podrías ver a otro de ellos? En ningún sitio. ¿O sería una copia extraña? Las divagaciones hacían que el rey alucinasen.
Mientras divagaba, le sorprendió cuando llegó a lo que parecía un callejón sin salida, parándose delante de una pared rocosa— ¿Hum? Qué raro... ¿Habremos tomado el desvío incorrecto...? Tenía por seguro que había todavía un trecho que recorrer... Seiran, ¿había otra ruta además de la que hemos seguido? —escuchó atentamente al querubín, y después, dio un profundo suspiro— Hum...¿Y ahora qué...? —el monarca apoyó la mano en la pared que había finalizado su camino, pero entonces, su interior se estremeció. Solo le dio tiempo a abrir ampliamente los ojos, pues después, una oscuridad indescriptible comenzó rodear al joven. Instintivamente, se cubrió el rostro con los brazos, solo pudiendo vislumbrar a su compañero, el cual le miraba desconcertado, pero también cómo éste era rodeado por lo mismo que él —¡Seiran! —intentaría disipar lo que lo rodeaba, pero entonces, en su mente apareció alguien desconocido para él. Un ángel... pero con alas negras. Y después de eso, fue tragado por esa oscuridad.
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Re: The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

Mensaje por Seiran el Dom Jun 01, 2014 8:58 am

La duda le invadió ¿Cómo era mejor para ignorar aquello que le rodeaba? ¿Hablar? ¿Quizás callar? Pero no soportaba el echo que realizaba el silencio. Como despiadado rebotaba entre piedra y piedra y finalmente volvía a sus oídos. ¿Cómo sonaba el silencio? Era difícil de explicar, aterrador y en el fondo incluso desagradable, pero estaba demasiado acostumbrado a él, tanto que, casi era incapaz de sentir, mejor dicho, no quería hacerlo. Por eso siguió estableciendo una calmada charla en compañía del rey, la única persona despierta, a parte de él... ¡Era toda su culpa! Si no fuera porque él había decidido entrar en la caverna, él jamás se habría adentrado por deseo propio, pues no quería tener que recordar, el rojo carmín que una vez manchó todo su ser sin piedad alguna. Parpadeó con sorpresa al ver, más al fondo, como el agua caía de entre las rocas, su rostro se ladeó a un costado con cierta curiosidad y no tuvo problemas por dejar que el rey bebiera, pues al fin y al cabo nadie se lo había ofrecido, sino que, procedía del interior de la tierra, debía ser agua pura, lo podía ver por su color. —Confías demasiado... A veces eso no es bueno.— Un mero susurro escapó de sus labios, mas se acercó también y se inclinó, sacando su pálida mano de entre sus mangas y con esta, utilizada como un cuenco, bebió un poco del agua. Efectivamente, nada malo había con ella, era pura agua salida de algún lago subterráneo... Tierra. Un escalofrío recorrió su cuerpo mas no lo demostró, a parte quizás, de un ligero nerviosismo que no abandonó sus delicados rasgos. Siguió entonces al rey en el interior de la cueva, aun cuando prefirió no tener que hacerlo... Aun cuando en sus adentros prefirió salir, volver al dominio que pertenecía al creador, aun cuando en él confianza no tenía.

¿Por qué necesariamente bajo tierra? Es desagradable.— Suspiró desdeñoso, si ese rey volvía, tenía que ir también, aunque quizás podría enviar algún guardián con él, quizás de esa forma podría escaparse de tener que acompañarle de nuevo en las profundidades de la tierra. Si bien no podía negar que tuviera sus maravilles, cosas que en tierra firme no se podía ver, nada cambiaba el hecho de que podía llegar a ser realmente aterrador, cuando pasaban mucho tiempo en silencio, solo, manchado e incapaz de realizar un movimiento para impedir aquello que dañaba tu alma, tus sentidos. Paró de golpe cuando escuchó que los pasos del rey cesaron e, incapaz de poder entender el por qué levantó su mirada hasta el momento parada en el suelo al frente, donde una pared de piedra impedía el continuar. —¿Ah? No... No hay otro camino a parte de este, quizás esté cerrado con un hechizo, o simplemente sea una ilusión.— Pronunció. Dio un paso al frente, pero un sentimiento de desconcierto le invadió. Sus ojos se abrieron de par en par y las cadenas que a su alrededor caían, sutiles , comenzaron a balancearse suavemente sin ningún motivo aparente. Escuchó su nombre gritar, pero era demasiado tarde ya, tanto él como el rey, ambos estaban rodeados de oscuras sombras. Dio un paso hacia atrás, pero eso no bastó, antes de poder parpadear, antes de poder afirmar cualquier cosa, la oscuridad le tragó por completo, despertando algo realmente aterrador en su mente. Seiran si bien un ángel, su tendencia era caer hacia la oscuridad, perderse en las sombras de aquellos que consideraba sus propios pecados. Cuando volvió a abrir sus ojos, la oscuridad parecía tragarlo todo y ante él, un espejismo tan real se formó... Un niño.
__________________________________________________________
¡Seiran!... ¿Qué haces aquí?— Una figura apareció en medio de un hermoso paisaje, el cielo, lugar de gloria y perfección, el principio de los tiempos, cuando en la tierra aun nada estaba creado. —Observando— Aquél cuyo nombre fue pronunciado sonrió alegremente, mucho más de lo que normalmente se vería en Seiran, el mismo que había estado acompañando al rey hasta las profundidades de aquella cueva. —Dios dijo querer crear una raza más... Abajo, en aquél planeta despoblado. Dijo que haría montañas, lagos, animales y plantas... Además de los humanos, unas criaturas a su semejanza— Aquél ángel de oscuros cabellos sonrió, apoyando ambas manos en su cintura, sin quitar su vista de su compañero, sentado sobre una piedra, observando con tranquilidad los campos que se extendían ante ellos, los demás ángeles volando con alegría por los cielos. —Imagino que la paz prosperará allí también... ¿Y nosotros? ¿Deberemos protegerlos?— Dudoso Seiran preguntó, levantándose de su asiento con calma, acercándose al ángel de blancas alas, quien le observó con una sonrisa de hito a hito. —¿Quién debería querer su mal? ¡Pero será divertido! ¡Imagínate! Podremos sobrevolar algo que no sea el cielo~— Ambos sonrieron y en cuanto el ángel de largos cabellos se posicionó al lado del otro se alejaron, en dirección a un palacio, entre risas y diversión, hablando entre ellos, realizando extraños gestos que no dejó cesar aquellas risas. Cada día era igual, extremadamente divertido, sin preocupación ni problemas. Hermosas memorias de oro, que en cierto momento prefirió olvidar, dejar de lado, por su propio bien, pero que aun palpitaba en lo profundo de su mente, con lágrimas de dolor por los tiempos perdidos.

El cielo, un lugar extremadamente hermoso, pacífico, perfecto... Pero todo cambió, la escena tramutó. El cielo enrojecido por las llamas, las nubes y los templos enrojecidos con el carmín de la sangre de sus compañeros muertos. Todo dividido en dos partes, aquellos cuyas alas eran más deslumbrantes del cielo, de un hermoso color blanco y por el otro, aquellos cuyas alas estaban manchadas por los pecados. Dios, sentado en su trono no pronunció palabra alguna, solo observó. Fue allí, en medio de cuerpos rojos, en medio de la sangre inocente de aquellos que eran hermanos, en los últimos momentos de la guerra que todo empezó. —¡Seiran!— Una voz retumbó, allí estaba, un oscuro ángel cuyo cabello era tal a la noche, empuñando una espada manchada de sangre, al igual que su rostro, mas su sonrisa estaba perfectamente cuerda. Era igual que en ese entonces, su tono, amistoso, divertido, alegre. —¿Por qué? ¡Hasta ayer todo estaba bien! ¡Hasta ayer aun resonaban las risas de los demás ángeles! ¡Ahora están muertos! ¡¡Todos ellos!!— Otra voz resonó, esta vez era Seiran, igual que el contrario su espada estaba manchada, sus ropajes igual, en su rostro pero, la culpabilidad se reflejó, un sentimiento tan poderoso que pensó que destruiría su alma en un parpadear, que se quebrantaría como cristal. —No lo mal entiendas, si ellos no se habrían opuesto, nada de esto habría ocurrido.— A diferencia del otro ángel, la calma le invadía, por completo, aun cuando su arma estaba empuñada, en dirección a su mejor amigo. —¿Por qué tú? ¿Acaso olvidaste nuestra promesa?— Sus labios temblaron, al igual que la espada que empuñaba. —¡Claro que no! ¿Qué tonterías dices? Solo cambiamos un poco los papeles— Los ojos de él se cerraron y su sonrisa, una vez más se ensanchó. —Pero él tenía razón, es injusto que ese ser sea quién, caprichosa mente mande sobre nosotros ¿Por qué no te unes también? Causará dolor a Dios saber que uno de sus ángeles más preciados le traicionó ¡Será divertido!— Seiran dudó y bajó lentamente su espada, al menos, antes que un retumbo se escuchara en el cielo.
¡Todo aquél que se opongan serán exiliados! ¡Limpien el cielo de aquellos que cometieron pecado!
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Re: The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

Mensaje por Chitose el Dom Jun 01, 2014 4:27 pm

El monarca se encontraba envuelto en una profunda oscuridad, sin posibilidad de escape, solo con la posibilidad de esperar, pero esa espera no se prolongó, pues, de la nada, la luz surgió, y ahora, se encontraba en un...¿campo? ¿A dónde había sido llevado? Hace un momento estaba en el subsuelo. Salvo que aquel fuera un hechizo de teletransporte, no podía haber pasado de una húmeda y oscura caverna a un campo luminoso con... ¿tipos con alas? ¿¡Ángeles?! Un momento, espera. ¿Cómo un demonio como él había sido autorizado para entrar en aquel lugar? ¿A Dios se le había estropeado algo en la cabeza? ¿Tanto tiempo en las nubes lo había puesto senil? Si no era eso, entonces estaba en un campo con trampas escondidas.
En la mente del híbrido cruzaban bastantes ideas al mismo tiempo, pero fueron paradas por dos ángeles en concreto, o más bien, por el hecho de ver un rostro conocido en aquel lugar: Seiran, además, sonriendo como nunca lo había visto antes, junto al otro individuo de blancas plumas, y por lo que decían, Chitose pudo figurarse que se encontraba en el cielo, hace... muchos añitos -no quería tener que calcularlos-. Mientras los dos individuos emplumados charlaban entre sí, el rey observaba curioso a esos dos, y por el trato común, parecían ser muy amigos, aunque capaces eran los ángeles de ser criaturas con el mundo pintado de rosa, pero si había caídos ya, ese rosa sería rojo. Sin embargo, la paz de ese lugar ya lo embriagaba, y una sonrisa surgió en sus labios al ver a su consejero reír de aquella forma en la que lo hacía, volando junto a su amigo en el apacible y armonioso cielo. Pero como era usual, esa paz no reinaría por siempre.
La escena cambió, a lo que era, un campo de guerra. Ángeles masacrándose entre ellos, esparciendo sangre por aquel lugar que antes brillaba con sonrisas, alegrías, compañerismo... ahora no era nada más que un campo marchito, con el cielo teñido con el color de las llamas, y los templos por el escarlata de la sangre santa, pero su atención se centró en los dos ángeles que antes había visto, ahora con la situación del revés.
Ambos empuñando su espada, con sangre en sus cuerpos, pero actitudes diferentes: el desconocido tenía la misma actitud, sin inmutarse por los pecados que le pesaban, mientras su consejero se lamentaba, dañado por la culpabilidad, pero el de pelo castaño no pudo evitar concordar ligeramente con el amigo de Seiran. ¿Quién quiere estar bajo las órdenes de un tipo caprichoso...? Él mismo no se aceptaba como monarca de Safir. No es alguien al que le guste cargar responsabilidades, ni hecho para dirigir, además de no haber querido nunca el cargo. ¿Para qué mentir?
Sus sentidos fueron captados por aquella voz que retumbaba, provocando que sus ojos se ensancharan, e instintivamente, se posicionó entre los dos camaradas enfrentados, estirando sus brazos, intentando tomar el papel del muro que evitaba desesperadamente el desastre —¡Basta!— el rey se encontraba cara a Seiran, con el otro detrás— Seiran, alguien que te ordena asesinar camaradas, no es alguien que piense en vosotros. ¡Si no se quiere manchar sus propias manos, de acuerdo, pero que no mande a los que lo siguen matar a los compañeros con los que han convivido hasta ahora! ¡Qué se digne a pelear él mismo en batalla al menos! —los gritos de Chitose se podían escuchar por todo el lugar—  ¡Es un maldito idiota cobarde! Yo mismo me consideraba ateo antes, ¡pero ahora lo seré por siempre, del asco que le tengo! ¡¿Vas a matar a un camarada por lo que un viejo demente senil te diga?! ¡¡Ten iniciativa, piensa!!—sin importar lo que le dijeran, en ese momentos realmente quería ir al trono de Dios o donde demonios se encontrara y patearle en el trasero haber si eso le quitaba parte de la estupidez, y se la bajaba el ego— ¡Eso no es un padre! —al decir eso, el cuerpo del híbrido comenzó a temblar ligeramente, y por un momento agachó la cabeza, pero a continuación, miro determinado a su conejero— ¡Solo es un tipo que te utiliza como una herramienta! Sin embargo, este tipo, ¡es tu mejor amigo!—señala al individuo que tenía detrás suya con el dedo pulgar, cerrando el puño— ¡Abandona ésta lucha! ¡No te hagas daño a ti mismo!—el de ojos ámbar no apartó su mirada de Seiran, deseando poder hacerlo entrar en razón.

__________________________________________________________

—¿Qué estará diciendo el viento...?— el pequeño de cabellos castaños levantó ligeramente su brazo, con la palma abierta, y cerró el puño, para luego posicionarlo junto a su oído, pero nada, no decía absolutamente nada. Un suspiro de decepción salió de su boca, pero sus ojos se abrieron ligeramente más, y se giró en el sitio, haciendo un pequeño ruido en la hierba. Era un zorro de anaranjado pelaje, con las patas negras, sentado a cierta distancia del niño. Éste se agachó, poniéndose de rodillas, e hizo unos gestos con la mano, incitando al animal a acercarse, y lentamente, el zorro se colocó entre sus brazos, restregando su hocico contra el rostro de Chitose. El niño lo acariciaba a un ritmo pausado, con los ojos cerrados, pero en poco tiempo, soltó al zorro en el suelo —Será mejor que no te acercas... Si te ve, no sé cómo acabaríamos...—sus palabras no ocultaban nada, salvo una profunda tristeza de la que seguramente los animales, gracias a su instinto, eran conocedores.
Observó impasible como el animal parecía compadecerle con la mirada, pero después abandonó el terreno, cruzando unos arbustos. Acordándose de lo que le acaba de decir al zorro, en la mente del niño, por unos momentos, apareció la imagen de algunas personas que habían caído bajo su propia mano, por su espada, o hechizos, y se vio a sí mismo rodeado por esas vidas a las que había dado fin.
Intentando apartar su mente de aquellas imágenes, se sentó en la hierba, y comenzó a mirar el suelo, con la mente en blanco, despejándose. En ese mismo momento, de entre los árboles, salió un hombre, de pelo canoso, con ciertas arrugas que denotaban su edad. Una suave sonrisa se formó en el rostro del sujeto, y se acercó al de cabellos castaños— Buenos días, mi príncipe. ¿Qué capta tanto su atención? —el chico ni se molestó en levantar la cabeza— ¿Yo...? No soy un príncipe...—murmuró— Nada... nada la captaba.
—¿Acaso no eres el hijo del actual rey? —cerró sus ojos y dibujó una sonrisa, pero Chitose repuso— Puede que por sangre... pero no lo soy— sutilmente, miró de reojo al ángel anciano— Pero deberás tomar su lugar de rey algún día—comentó el observado. Ante este comentario, el niño se mantuvo callado por un breve lapsus de tiempo, pero rompió el silencio— No soy adecuado para eso—sentenció, pero el ángel nuevamente le respondió— ¡¡Oh!! ¿Entonces qué harás? —el híbrido sabía que no era la culpa de ese sujeto, pero aun así, había veces en las que le resultaba tedioso responder a todas sus preguntas— Mamá sabe.
Aquella criatura procedente de los cielos rió con cierta diversión ante las palabras ajenas— Mi querido príncipe, no puedes esperar que los demás te dirijan siempre. No eres una muñeca —tras esas palabras, la mirada del niño se fija en el hombre,— Dígame... ¿Por qué no puedo tener un amigo? —en su semblante, a pesar de su mirada impasible, se podía denotar cierta agitación— ¿Por qué cada vez que tengo algo en mis brazos, debo acabar con ello? ¿No puedo tener aprecio por alguien?
—¿Quién le obliga a hacerlo? ¿Acaso no tiene libre elección de sus acciones? —su mano se posó en la cabeza del pequeño— Conocí a una persona... Es mucho mayor que tú, él también destruyó a su único amigo... Quizás lleguen ambos a entenderse—el chico agachó la cabeza—Pero no quiero hacerle daño...
—¿Crees que podrías dañar a un ser que de por ley es imposible de matar? —parpadeó, y el niño murumura— Todo puede ser destruido... de una forma u otra—el anciano entrecerró su mirada— ¿Y por qué le harías daño?— ante esa pregunta, el rostro del niño se oscureció, y por unos instantes, vio la imagen de un cuerpo, tirado en el suelo, y él, de pie frente a él, y de nuevo sintió aquella sensación de angustia que le oprimía el pecho, pero oculta bajo su rostro neutral— Me pregunto si mamá te podría asesinar, Harael...
—¡Oh! Yo no moriré por capricho de la reina, pero no te preocupes, mi tiempo terminará pronto—comentó sin dejar de sonreír; sin embargo, el niño lo miró mínimamente alarmado—¿Estás enfermo?— el ángel seguía sin borrar aquella sonrisa—No~ Pero yo y los demás ángeles nos regimos bajo el deseo de una persona mucho más poderosa y por encima de nosotros—con un dedo, señaló el cielo, el cual se encontraba despejado, salvo por las nubes que lo surcaban—Ah... ¿el señor Mala leche?—dijo mirando el cielo, y el otro soltó una risa—Sí, si así lo quieres llamar.
—Mamá dice que es un tipo idiota asqueroso de temperamento corto cuyo hobby son los conflictos bélicos y el exterminio—el niño se encogió de hombros, y el ángel sonríe—Bueno, quizás en algunos casos ella tenga razón.
—¿Él no te quiere...?—el otro contestó—No es eso... Pero ese señor piensa que el mal de uno puede llevar a un bien mayor—el chico refunfuña por lo bajo—...Si fuera tan poderoso, no lo haría...
—Nada es perfecto. Su propia creación se le puso en contra, pero mira el lado bueno, no se va a aburrir—el pequeño lo mira interrogante—¿Y yo que soy?—el hombre baja la mirada al chico—¿Tú? —piensa— Se dice que el primer ángel abandonó el cielo y se convirtió en el amo del infierno, así que —el crío lo tomó como una indirecta— ¿Soy algo malo?—el anciano respondió—No, tú eres solo tú, depende de lo que hagas; entonces, serás catalogado por bueno o malo—Chitose agachó la cabeza—entonces yo sería malo...
—No, porque ahora haces lo que te dicen, la culpa no recae sobre ti—sonríe—pero esa es la perspectiva de las personas—el niño, que llevaba un rato pensando, le preguntó al anciano—Diga...¿Como es esa persona con la que me entendería?—el hombre no borraba su sonrisa—¿Él..? El es como un guerrero que sabía que iba a morir en la batalla, pero a pesar de ello, prefería luchar, aun sabiendo que le costaría convertirse en un ángel caído cuya alma vagaría por toda la eternidad... Buscando nuevas batallas en las que caer derrotado —el individuo de cabellos castaños lo miró dudoso—¿Quiere morir?
—Morir o vivir, no creo que hace mucha diferencia para él. Espero que puedas ser su amigo, príncipe. Es mi hijo, se llama Seiran— el anciano le despeina ligeramente, y el joven se sorprende al conocer el parentesco, pero a continuación, una imperciptible y sutil sonrisa aparece en sus labios—Me gustaría...—sin moverse, mira de reojo a aquel que llevaba observando desde el comienzo, aquel con cabellos negros y mirada bicolor— Me gustaría conocer a Seiran, Harael.
Tras esas palabras, el paisaje comenzó a desaparecer, borrando tanto la imagen del ángel, como del bosque, quedando tan solo el niño y el querubín, uno parado frente al otro, mirando el muchacho al de cabellos negros impasible.
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Re: The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

Mensaje por Seiran el Lun Jun 02, 2014 8:21 am

Por un momento el terror se apoderó de su ser, tanta oscuridad, tan honda desesperación que no supo si realmente sus orbes estaban abiertas o cerradas, tanta era la oscuridad, que en un mero parpadear ya se había perdido en su totalidad. Lentamente, casi de forma imperceptible su cuerpo tembló, las memorias de su encierre en roca habían vuelto a abrir heridas mucho más dolorosas que cualquier física, o al menos, eso duró hasta que una imagen prevaleció ante él. Un hombre que lentamente se acercaba a un niño... Permaneció firme, no se movió, pero sus orbes se abrieron de par en par cuando vio aquél anciano ser caminar. —¡¡Harael!!— Mordió su labio inferior al ver que invocando su nombre su atención no podría raptarla. Sonrió con ironía y bajó su mirada, era imposible ¿Verdad? Él mismo había visto como aquél ser había desaparecido, como en un abrir y cerrar de ojos su tiempo fue consumido en un instante. Pero... ¿Acaso esa era una alucinación? ¿Acaso culpa de ello debía de ser el agua? Pero no, allí también había un niño... y ese niño era... ¿Chitose acaso? Aun así, había presenciado como ninguna de sus palabras iría a funcionar con él, siquiera podía parecer interponerse... Acaso... ¿Esa era una memoria? Entonces... ¿Qué estaría viendo el rey?. Sin mucho pesar se acercó y con una singular sonrisa en sus labios, que no denotaba tristeza, mas siquiera diversión, extendió una de sus manos hacia el antiguo ángel, lo traspasó, como si no fuera real... No lo era pues. Cuando ambos comenzaron a hablar prestó atención, casi de forma involuntaria. ¿Ese era el rey que ahora con tanto jubilo estaba dispuesto a reír y aventurarse en cavernas? Antes no era más que un niño, que confiaba demasiado en su madre, una mera muñeca en sus manos. Le desagradó, pero en el fondo, se desagradaba a si mismo.

Eso no fue todo, desde un principio. se sintió extraño, le sorprendió que Harael hablara de él, que lo paragonara a un ángel caído, aunque, su piadoso estado en aquél entonces no ansiaba rememorar. Cerró sus orbes, en el fondo lastimado, mas la sonrisa que en sus labios seguía presente mostraba cosas contrarias. Contradictorio, así era él, en el hondo de su pesar. ¡Pero él lo sabía! Harael sabía que se vería destruido estando a su lado, sus orbes de diferentes colores se abrieron en par en par y sus pasos, inseguros, permanecieron en el mismo lugar. A nada servía interponerse, a nada servía hablar... Así que ¿Por qué hacerlo? Y aun así, su atención pasó al infante. ¿Por qué decía cosas tan tristes? En el fondo quizás sí se parecieran. —Conque matar ¿Eh?— Escapó aquél susurro de sus labios y allí fue, como aparentemente los recuerdos que pasaban por la mente de aquél infante se proyectaron como real. Dio un paso hacia atrás, aterrorizado ante aquella sangre esparcida por el lugar... ¡Ah! Lo había olvidado, el masacre que los humanos por egoísmo formaron, la tierra manchada de sangre, su espada, su propio cuerpo. ¿Por qué un niño como él había ya sido empujado hacia tal desastre? Tanta tristeza que lentamente, hirió su alma. En cuando aquél líquido carmín se acercó a él, sus pasos, su mente perdió la calma de la cual solía ser señora. —¿Por qué? ¿Donde está el reino de paz que prometiste una vez? Solo está manchado... Esta tierra está eternamente manchada...— Lo odiaba, odiaba aquella tierra, aquella promesa una vez hecho y ahora olvidada. Sus manos se levantaron hacia su cabeza y cayó de rodillas, aun cuando su mirada no dejó de observar el ángel y el mestizo, el cual primero fue desapareciendo y el príncipe, se le quedó mirando. No hizo ademán de levantarse cuando le vio alejarse, simplemente, le siguió con la mirada.
__________________________________________________________
No estaba dispuesto a aceptar interferencias, aunque las hubiera, las palabras resonarían en el vacío, en un mundo de recuerdos que ya era imposible cambiar. Si bien Seiran hubiera deseado escuchar aquellas palabras, ellas deliberadamente pasaron de él, se perdieron en la inmensidad del cielo, en la horrible escena de una batalla a sangre de hermanos. Las orbes del ángel de largo cabello negro se abrieron de par en par ante aquella orden y el temblor que de su cuerpo se había apoderado, no cesó, sino que aun más se intensifico. El de oscuros y cortos cabellos no cambió aquella dulce sonrisa de sus labios, su espada, se mantenía firme, brillando de carmín y celeste. —Detente... Si lo haces, no deberé matarte... Si lo haces... Él te perdonará.— A nada sirvió, su oscuro amigo negó con el gesto de la cabeza, seguro de su pesar. —No hay perdón ahora, si no lo haces tú, Dios lo hará... ¡Prefiero morir a manos de un amigo que un mero desconocido!— Pronunció con seguridad, sin dudar, simplemente permaneció con sus oscuras orbes observando al querubín, aun cuando Chitose estaba en medio, ninguno de los dos le vio, como un mero fantasma. —¡¡Háganlo ahora!!— Una imponente voz traspasó los cielos, escuchándose en cada recóndito lugar del mismo. Todo ángel sujetó su espada y mató a aquél que tenía en frente, un ángel caído, un hermano traicionero. Seiran no fue diferente, en un abrir y cerrar de ojos su espada, envainada, un agarre firme y seguro, traspasó a Chitose, más a él no le hirió, pero aquél que se hallaba detrás de este sí, la espada pasó su cuerpo y la celestial habilidad manchó a los caídos. El querubín se acercó aun más a su amigo, rozando su cuerpo con el ajeno. —Chitose ¿Verdad? Quizás si nos hubiéramos conocido, nosotros tres, habríamos podido ser buenos amigos.— Un mensaje mental, pronunciados con labios sellados con una sonrisa, aquél mensaje, retumbó en la cabeza del rey.

"...." ¿Por qué? Yo no quise...— Su mirada perdida no supo encontrar respuesta y finas y perladas lágrimas cayeron de sus ocelos, manchando sus mejillas de tristeza. El ángel caído sonrió mientras una hilera de sangre escapaba por sus labios y entrecerrando sus orbes levantó con dificultad su mano hacia la mejilla del querubín. —Está bien... No eres culpable de lo que sucedió... Seiran...— Su mano cayó con lentitud de su lugar y manchó de carmín la mejilla del ángel. Aquél de negras alas cerró por fin sus ojos, para siempre y su cuerpo se desplomó en el suelo. Seiran cayó al suelo de rodillas y el grito de alegría del cielo ocultó su silencioso llanto. Nada volvería igual, aquellos felices días desaparecerían, porque Dios no era perfecto, porque su propia creación se levantó en su contra y porque él había matado a su único y mejor amigo, aunque deseó de todo corazón no hacerlo. Siquiera su nombre, el de aquél ángel caído cuya sangre manchaba los cielos, pudo recordar, se perdió en el barullo del cielo, en sus cantos de alegría aun cuando sus hermanos estaban muertos en el suelo y sus cuerpos, al ser impuros, no desaparecerían entre hermosas plumas, sino que, caería en el infierno, lugar donde el jefe de aquella rebelión y aquellos pocos que fueron expulsados y se fueron, decidieron morar. —¡¡Bien hecho, mis queridos ángeles!! Ahora el cielo podrá volver a prosperar, en paz y armonía.— Dependía de la forma de ver las cosas, para Seiran, que había tenido que matar a su mejor amigo a sangre fría, la armonía y paz jamás volvería a existir en ese lugar y aun así... El era un querubín, un ángel de los más grandes rangos en el cielo. Cerró sus orbes y calló sus lágrimas. Se levantó del suelo y se alejó en dirección contraria, pasando una vez más del rey que serviría en un futuro. La escena se desvaneció, tragada por la oscuridad junto a los pasos del querubín.

¡¡Seiran!! Si sigues así tus alas serán manchadas por los pecados.— Pronunció alarmado una figura cuyo rostro estaba esfumado. Su mano se extendió con rapidez hacia el Querubín, a quien sujetó del brazo. —...No puedo...— Aunque asustada, la mirada del ángel siguió con una sonrisa presente en sus labios, cruel, oscura, muy distinta a cualquiera. —¡Fue necesario...! ¡Ellos no murieron en vano!— Si Dios pensó que eso bastaría para tranquilizar su alma ya perdida, estaba en problemas. Las bonitas palabras no cambiarían el mundo, de eso, estaba ya seguro. Demasiado. —Ellos no volverán...— La sonrisa perdió su brillo y por primera vez, una inexpresiva mirada se dibujó en sus labios, casi como si ahora se estuviera dando cuenta de algo realmente importante. —... Yo los maté. Yo lo maté. Mis manos están manchadas por su sangre... La de mis hermanos, mi amigo.— Fue el fin, su sonrisa se ensombreció y a su alrededor, el aire comenzó a parecerse al de un caídos, sus alas, hasta el momento blancas, cambiaron de matiz a uno mucho más gris del actual. Dios lo sujetó aun más fuerte y tirando de su muñeca se acercó a su oído. —Está bien... Duerme, Seiran— Bastó aquél susurro para que el nombrado cerrara sus ojos y su cuerpo se relajara. Dios se agachó al suelo, sujetando al querubín. —¿Lo vas a exiliar junto a los demás?— Una figura más apareció en el recuerdo, cuya mirada, igual de borrosa estaba, solo su cabello y aspecto, un joven ángel de seis pares de alas y un largo cabello rubio se plantó detrás del creador. —No... No quiero perder a otros ángeles, lo dejaré dormir... Quizás así, podré salvarlo...— Palabras pronunciadas en un suave susurro. Se levantó, dejando en el suelo al querubín y, con el gesto de la mano, hizo si que Seiran fuera tragado por el suelo. El escenario, una vez más desapareció en la oscuridad. Para siempre.  
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Re: The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

Mensaje por Chitose el Jue Jun 05, 2014 6:36 pm

El híbrido se exasperaba al ver a su consejero intentando convencer al otro, quien tenía su mente aclarada fuera de dudas. Pero... era egoísta en parte. ¿Condenar a su amigo a cargar con el peso de quitarle la vida a su mejor amigo...? Eso era solo... tortura. La voz cruzó los cielos, y tras aquello, la tragedia sucedió. Chitose se sorprendió al verse traspasado por la espada, pero escuchó como Seiran ensartaba a su mejor amigo. Sus orbes se abrieron de par en par al escuchar las palabras del ángel caído. Un rostro impactado se mantuvo en la faz del monarca, mientras todo sucedía. La crueldad del propio rey de los cielos... ¿Paz? La paz era solo una escusa puesta para explicar aquella masacre, y obligar a unos amigos a asesinarse entre ellos. En vez de hacer eso, que hubiera, al menos, resuelto el problema él mismo —El no es el rey de los cielos... él es solo uno más—con desprecio, miró la figura borrosa supuesta de ser Dios, intentando detener a Seiran, de que no cayera, pero las alas del querubín y estaban teñidas de culpabilidad y sufrimiento.  Observó con un gesto de repulsión al creador y al sujeto con seis alas, alarmándose cuando Seiran desapareció, pero ahora le tocaba a él.
Todo desapareció a su alrededor, quedando él suspendido en la oscuridad —Esto me recuerda aquello...—miró al frente, a pesar de no haber nada, y cerró los ojos, dejándose llevar por la corriente.
Tiempo después, los abrió, y se encontraba de nuevo en la caverna, con escasa iluminación, y su humedad. Al girar la cabeza, observó un muro de piedra, con un sello en él, bastante complejo —Supongo que debo esperarlo aquí, ¿huh? —se había despertado sentado, y así se iba a quedar. El hechizo lo conocía muy bien, seguramente. Además, la caverna le daba sueño... Súbitamente, una sensación de terror lo invadió, pegándose a la pared, mirando a la de enfrente, que no estaba tampoco a mucha distancia —Ja ja ja... no, ahora no puedo dormir... —una sonrisa nerviosa cruzó su rostro, pero luego suspiró, mirando la pared de enfrente. Quizás no tuviera que esperar mucho...
Su mirada se volvió vacía, perdiendo atisbo alguno de entusiasmo. Aburrimiento, mucho.

__________________________________________________________

—Buaa… Buaa… —aquellos sollozos retumbaban en la oscuridad, en la que no había nada, pero entonces, apareció un infante aparentemente de seis o siete años, llorando, cubriéndose la cara con sus brazos, sin poder esconder las lágrimas que salían de sus ojos, junto a sus labios temblando, produciendo sollozos—¿Cómo pudiste? ¿Por qué…?—cuestionaba el niño, sentado en el suelo, el cual no era más que una plataforma invisible, como si levitase en la nada. Delante de él, se encontraba una mujer poseedora de una belleza singular, junto cabellos largos de un negro noche, recogidos en una cola de caballo, y vestimentas de un lila oscuro,mezcladas con negro, y unos pantalones cortos azules oscuro, calzando unas botas de aquel violeta oscuro. No se le podía ver el rostro; solo se podía notar que su mirada estaba fija en aquel niño—era mi único amigo… Te odio mamá, te odio...—tras pronunciar esas palabras, la mujer levanta más la cabeza, dejando a relucir sus distinguidos ojos turquesas. Se mantuvo el silencio, salvo por el llanto del niño, pero ella rompió ese silencio—…¿Crees que fue mamá quien lo hizo? ¿Eso es lo que quieres creer? Muy bien, cree lo que prefieras—sentenció. Antes de que el recuerdo pasase a otro, en intervalos, se mostró la imagen de un muchacho de entre trece y quince años, mostrando una sonrisa que parecía irradiar luz por sí misma, pero ese fugaz rostro se rompió cual cristal, al rozar el niño la imagen, dando a saber que él fue quien lo hizo, y sin embargo, el pequeño no era consciente de nada, y finalmente echó la culpa a la madre, borrando el recuerdo del homicidio de su amigo de su memoria.
Y tras mostrar esto, de nuevo sobrevino la oscuridad, envolviendo al espectador de todo esto de lo que solo el híbrido era conocido, el ambiente se transformó de nuevo en el bosque donde el rey había pasado casi toda su vida. De nuevo, se mostró a un monarca más joven, ésta vez con la apariencia de un individuo de doce años, acompañado por su madre, avanzando lentamente por la foresta. La madre iba acompañada de una sonrisa de hito a hito, mientras que el niño la observaba curioso—¿Estás contenta, mamá?—le preguntó, y la mujer, sin inmutarse, le respondió—Puede, hijo. Hoy será un gran día~—dijo risueña, y pasado menos de una hora, llegaron a una especie de cueva, no profunda, sino para resguardarse. No tenía gran extensión, pero ambos podrían descansar ahí, y tenían espacio para moverse, aunque no mucho. El joven, curioso, entra, rozando la rocosa pared con sus manos—¿Para qué hemos venido aquí, mamá?—impasible, el muchacho seguía sin mirar a la fémina, pero eso fue su gran error.
De la nada, unos barrotes aparecieron en la entrada de la cueva, cubiertos de sellos, y el híbrido se estremeció, avanzando rápidamente hacia los barrotes, pero al tocarlos, fue impulsado hacia atrás, aterrizando en el suelo—Cariño, no importa lo que hagas, no podrás salir con tan solo romper los barrotes—una sonrisa maliciosa brotó en los labios de la mujer, mientras que los ojos del chico estaban desorbitados—¿P-Por qué…?—la fémina lo miró de forma seductora, para a continuación cruzarse de brazos, e inclinarse, quedando a la altura de su retoño—Quiero que te percates de algo, hijo mío… Además—se puso recta, mirando por encima a su retoño—Hoy la comida no estaba muy buena. Considéralo un pequeño castigo de paso, mi amor ♥—el otro no podía dar crédito a lo que oía, y solo miraba desesperado a su madre—Pero créeme, esto lo hago por tu bien—lo despeinó levemente, y tras aquello, se dio la vuelta, y levantó la mano despidiéndose con un movimiento de ésta—Hasta luego, querido, nos vemos~—sin decir nada más, de la nada, desapareció.
—Vendrá… vendrá mañana…¿no?—si no fuera por la confianza que tenía en ella, ya hubiese muerto de hiperventilación. Respiraba pesadamente, pero en unos minutos, ya podía hacerlo con más calma, y automáticamente, se echó en el suelo, encogiéndose sobre sí mismo, agarrando sus piernas en postura fetal. Su mirada impasible miraba a través de aquellos barrotes de piedra, y le llamó ligeramente la atención que ni un animal hubiese todavía pasado por aquellos lares;desestimó aquel hecho con un pequeño movimiento de cabeza, y de dispuso a dormir. Al siguiente día, tampoco vino, ni un momento, ni la vislumbró, ni a ella, ni a nada. Una sensación de malestar lo inundó hasta la última fibra de sus ser. Para distraerse, cogió una piedra aleatoria del suelo, y ralló la pared, dibujando un palito. Un día. Un día sin que ella viniese a liberarlo. Nuevamente, se echó en el suelo, y miraba el exterior, observando el silencioso paisaje que se encontraba fuera de aquella prisión. Nada se escuchaba, ni siquiera el viento. Ni un animal se atrevía a aparecer. Nada. Absolutamente… nada.
Otro día pasó, y otro, y otro más, repitiendo el mismo proceso de gravar el día en la piedra, y observar cómo el día pasaba, dando el paso a la noche. Pasada una semana y media, el chico rompió la rutina, y se puso de rodillas, acercándose precavido a los barrotes, temeroso—Mamá...—dijo al principio con un tono bajo de voz, pero luego, alzó tremendamente ésta—¡¡Mamááá!! —llamaba a su progenitora con insistencia, sin recibir respuesta. y su cabeza perdió altura, mirando al suelo—Mamá…
Más días pasaron, hasta que superó el mes de su encierro. El chico ya se había cansado de no recibir respuesta, de que todo lo ignorase, y captó algo—Un hechizo…—sentado, sus manos rozaron el suelo, como si lo acariciara, y entonces se levantó, situándose frente a los barrotes—Ábrete… ¡¡Ábrete!!—con fuerza, dirigió una patada a los barrotes, incluso aumentando la fuerza con un hechizo, pero éstos lo rechazaron, haciendo que se cayera hacia atrás, como el primer día que los tocó. Resignado, se sentó en el suelo de nuevo, y grabó en la pared otro palito, indicando el paso de otro día. Y así, conforme pasaban las estaciones, el niño comenzó a quedarse quieto en el sitio, al lado de la pared, grabando días, teniéndose a él como compañía, pero el cansancio iba apoderándose de él, en conjunto con su amargura.
Echado de lado, movió ligeramente la mano del brazo que tenía extendido —Ah...sigo con vida—eso era lo que quería confirmar, que todavía seguía existiendo, que no había sido tragado por el tiempo…
—¿Por qué no te mueves?—se escuchó una voz en la cueva, pero nadie había.Se había vuelto loco,¿no?—Podrías salir… pero niegas esa posibilidad.Ya te habrás dado cuenta hace mucho, ¿verdad? Ella no volverá, a menos que salgas—como si fuera un espejismo, un segundo Chitose apareció en la cueva, pero éste no tenía un cuerpo, sino era parecido a un espejismo. Ese espejismo sonrió al ver la pared—Waah, ya ha pasado tanto, ja ja —mira al otro yo que está tumbado en el suelo—Quizás te motive una buena comida, sé que puedes salir—coloca sus dos manos en la cintura—Puede que no sea la mejor, pero ella te espera. Además, también está Harael, ¿no? Tienes que conocer a su hijo—el deprimente muchacho seguía echado en el suelo rocoso, sin moverse lo más mínimo—Dormir estará bien… así…—el otro frunció el ceño— De verdad que no tienes remedio, tú. ¿Quién eres? —ante la pregunta, el niño movió levemente los dedos, sorprendido, a pesar de su rostro con escasa vida—Chitose...Natsume. Hijo del...rey de Safir… y Kali…un...inferno—el otro sonríe—¡Bien! ¿Qué eres?—a la siguiente pregunta, la voz del niño tembló, acompañado de leves temblores corporales—U-un...—fue cortado por el incorpóreo—una persona—sonríe— Puede que hayas hecho cosas que no te agraden, que hayas rechazado, que hacen pasar lo peor a cualquiera… pero no tienes culpa. Solo pasa que tu tendencia destructiva es mayor que en algunos inferno, pero no eres culpable de la sangre que llevas, así que salgamos de aquí, y demostremos que podemos hacer algo más que ésto! —el chico castaño, tras unos minutos de estar quieto, poco a poco, fue levantándose en el sitio, pero los sellos que se encontraban en los barrotes comenzaron como a centellar con una luz oscura, a la par que el cabello de Chitose se tornaba negro azabache. Lentamente, se giró al que todavía poseía su pelo castaño, el cual tenía en su mirada atisbos de sorpresa, y terror—¿No querías que me aceptase…?—los ojos turquesa se fijaron en aquellos ojos ojos ámbar. Una sonrisa retorcida se asomó en el rostro del chico, aunque no podía ocultar su amargura—Entonces demostremos lo que podemos hacer—esas palabras fueron dichas con un tono amenazador, y tras él, esos barrotes que lo habían tenido aprisionado, explotaron hacia fuera, dejando paso al que cansado, con nuevo aspecto, pasaba por los escombros que habían dejado.
El que se quedó atrás, derramaba lágrimas saladas—Sí solo querías ver… una sonrisa—sin previo aviso, corrió al que lucía devastado, y entró en su interior. El de cabellos negros paró en seco, mirando hacia arriba en shock, y en un instante, cayó de rodillas.
El pelo del muchacho se volvió a tornar castaño, y su mirada, la cual estaba fijada en el suelo, fue cambiada de turquesa a ámbar, y sin poder aguantar más, se dejó caer en la hierba, como una hoja de otoño. Con las pocas fuerzas que le quedaban, se giró, mirando al redescubierto cielo—Mira… es el cielo...—una suave sonrisa floreció en su rostro—Podremos ver… muchos sitios. La ciudad… roja, y la verde… y también la amarilla… —articula una risa cansada— el fuego, la naturaleza, y la luz… ya sé de dónde es ella… —poco a poco sus ojos se van cerrando, al igual que el ambiente comienza a desaparecer— yo esperaré… lo prometo… así que… —sus ojos terminaron por cerrarse, y así, dar fin a aquella ventana a su propia historia.
Dejando todo en la oscuridad, delante del ángel aparecieron dos Chitose. Ambos, iguales en apariencia, y sin embargo, uno con un rostro neutro, y el otro, con una sonrisa, mirando al ser celestial— Hasta ahora, Seiran —el más animado, sonrió de hito a hito, y el otro, aunque muy sutilmente, le sonrió.

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Re: The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

Mensaje por Seiran el Dom Jun 08, 2014 10:20 am

Le recordó su culpa, la tragedia que antaño se había llevado a cabo en el cielo, el suelo que una vez prosperó manchado de rojo carmín, el cuerpo de los puros ángeles contaminado con la sangre de sus hermanos y la gloria ante la masacre. Su propia espada apuñalando aquél que había sido su único y mejor amigo. Su corazón, si es que los ángeles poseían uno, en caso contrario su alma, algo en su interior se rompió y sus manos, aun en el suelo, terminaron por intentar arañar el mismo, una tarea imposible, pero aun así su alma le dolía, solo al rememorar. Su rey, había pasado por algo parecido, él también había derramado sangre en el suelo, la de su amigo, solo que a diferencia, la tierna mente del infante decidió olvidar, la suya, aun seguía considerandose culpable de todo, porque en aquél entonces, estaba consciente, se movía por decisión propia, habría podido negarse, pero no lo hizo, gracias a ello, había estado a punto de caer. ¿Odiar a Dios? Se odiaba a si mismo. Había manchado sus manos, había cometido un crimen que nunca podría ser borrado y eso, no había sido todo. Encerrado había visto la promesa del creador romperse, como los humanos a su semejanza creados se destruían entre ellos, se mataban y se odiaban. Así había seguido su tiempo, encerrado en una cadena de puro odio y desesperación. Quizás, si hubiera sido un inferno como su rey, todo aquello habría sido más fácil de tolerar, pero él seguía siendo un ángel, un querubín, formado del deseo de Dios en luz pura y milagrosa, con el destino de proteger aquella beldad.

Solo cuando la escena cambió radicalmente su mirada volvió a levantarse. Aquella mujer... ¿Su madre? ¿Por qué seguía confiando en un ser que cruelmente le había encerrado? Pero que a su vez parecía destallar en cierta amabilidad, pues ofreció a su hijo la posibilidad de crecer sin sentirse culpable por lo ocurrido. El tiempo pasó incluso para él, encerrado, en aquella prisión de roca, pero viendo las afueras, el tiempo pasar. Un jadeo escapó de sus labios, empezaba a cansarse de tantas memorias reflejadas, nunca había tenido el interés de ver tan a fondo, porque se conocía, sabía el tipo de ser que había llegado a ser, que prefería olvidar el pasado, que deseaba seguir en aquella sutil mentira que de alguna forma había estado creando a su alrededor. —Estoy cansado...— Fue su mero susurro, pronunciado con una irónica y casi atristada sonrisa. Estaba cansado de ver tantas cosas, una y otra vez, recuerdos del cielo, de la tierra, de otras personas. Pero no pudo seguir mucho más vagando en sus memorias, pues una nueva voz, conocida, demasiado conocida se hizo escuchar en el silencio. Cuando levantó su mirada, sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa, ¿Ese no era... el Chitose que él había conocido? Ese sonriente y divertido rey de Safir que solo lo hacía por obligación. Su mirada quedó fija en ellos, su atención en sus palabras y, finalmente, aquél nombre que resonó en lo hondo de su alma como un relámpago, que puso en moto aquello que había intentado mantener quieto durante milenios, quizás más.
Harael
En el cielo aquellos nombres eran tabú, su mente, demasiado atristada y desesperada, había olvidado aquél nombre, lo había guardado dentro de memorias y otras memorias, todas ellas, carentes de su nombre. Un fantasma, una mera ilusión, un personaje que pensó, deseó y a su vez no que jamás existiera... Si no hubiera sido por él, habría vivido en la tristeza y la oscuridad desde el principio, si no fuera por él, sus alas no habrían amenazado por convertirse en negaras y así, su alma legada al infierno. Sus labios temblaron y su mirada una vez más bajó al suelo, ocultando su mirada en las tinieblas del recuerdo, más para aquél que mucha atención prestara, podría ver ligeras marcas de agua caer por sus mejillas, calladas lágrimas que no pudo ocultar y aun así hizo todo lo posible por enmascarar. Solo al cabo de breves segundos desaparecieron, no era ese tipo de hombres débiles que se dejaran ver llorar por los demás, siquiera por los recuerdos. Una de sus pálidas manos se levantaron, y con un gesto de ella limpió todo rastro de sus orbes, de su rostro. Con lentitud se incorporó y dejó caer sus extremidades a un lado y otro de su cuerpo, siguió observando la escena, no diría nada de ella pero devolvió la sonrisa a ambos, una más amarga. No había deseado ver en sus recuerdos, aquél hechizo había jugado con ambas mentes, sin permiso. Su mirada se ensombreció por unos segundos, sin llegar a entender como era posible en el fondo, que recuerdos le hablaran a él, un espectador. —Es suficiente.— No levantó su voz, más un ligero tono de molestia se atisbó. No era de las personas que le agradaran imponerse ante los deseos ajenos, hacer las cosas sin su permiso.

Tras sus simples palabras, el escenario comenzó a iluminarse, tragando así en una cegadora luz la imagen de ambos, tanto la de Chitose, como la de su imágen infante. Quedó solo, en una inmensa sala de luz sin principio ni fin, solo él destacaba, su cabello, oscuro. —La luz crea sombra. Cuanto más sea poderosa la luz, más poderosa y oscura será su sombra.— Pronunció, levantando su mirada. Las pequeñas cadenas que de su cuerpo colgaban comenzaron a moverse, a balancearse a su alrededor como si tuvieran vida propia. —No existe eterna luz ni eterna oscuridad. Él estaba equivocado desde el principio.— Su voz fue minuando, transformándose en un mero susurro, sus pasos, hasta el momento parados, comenzaron a adelantarse, la oscura figura se movió en eterna luz. Una vez más paró, fijando su mirada arriba, donde al igual que abajo, había solo luz. Se cansó, tanto su cuerpo como su mente y, sin pre aviso de su parte, las cadenas comenzaron a moverse aun más frenéticas, pero a su vez, suaves. Transparentes pilares de cristal que relucían con la luz comenzaron a formarse, empezando desde el lugar donde él se encontraba, crecieron a su alrededor, altos, imponentes, abarcaron hasta donde la mirada de cualquiera pudiera ver y quizás, se extendieron hasta el infinito y más allá. Pero, su intención era una y clara. Al encontrar el hechizo que allí cerrado lo mantenía, delante de la pared donde el real Chitose se encontraba, en la oscura cueva, los cristales comenzaron a formarse, sin acercarse demasiado al rey y, una vez abarcaron todo el círculo, pararon, se llenaron de grietas y se rompieron, junto al círculo, ese hechizo que odió.

En el preciso instante en el que el círculo se rompió, Seiran apareció, en un principio con un cuerpo borroso, luego, lo dejó ver en su totalidad ante aquél que era monarca del reino. —No volverá a jugar malas pasadas a las personas que se acerquen.— Pronunció con una sonrisa en sus labios, pero su cuerpo tambaleó, su mirada vio borroso y tras un sutil jadeo cayó de rodillas al suelo. Las cadenas que hasta ese momento siguieron balanceándose como al compás del viento, quedaron quietas y cayeron al suelo, alrededor del ángel. Permaneció apoyándose al suelo con sus manos, con sus orbes cerradas y sus labios entre abiertos, como si intentaran recuperar el aire que en algún momento le faltó. Pero allí lo recordó, estaba en las profundidades de la tierra y una vez más, el terror y nerviosismo se apoderó de él. aun cuando lo escondió tras una tranquila expresión. Solo tras pocos instantes entreabrió sus orbes, sin apresurarse, pues si lo hacía, estaba seguro que una vez más todo daría vueltas. —Tiendo a suponer que acabas de volver.— Pronunció en suavidad, una dulce y armoniosa voz, quizás algo cansada, pero calmada. No era usual pues para él exponer tanto sus poderes, buscar algo que en la inmensidad se encontraba, en el infinito... Solo pensar en ello, que seguiría hasta nunca terminar, un horrible escalofrío recorría su cuerpo sin poder evitarlo. —Descansemos un rato ¿Sí?— Lentamente se echó hacia atrás, hasta apoyar su espalda en la piedra que había detrás suya y tras cerrar sus orbes, dejó escapar un silencioso suspiro. Él no pronunciaría nada de lo que había visto, siquiera aunque le carcomía la curiosidad por saber que significaba aquél nombre pronunciado por la imagen del rey, que vio en aquél mundo de recuerdos.
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Re: The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

Mensaje por Chitose el Mar Jun 10, 2014 10:06 pm

Para él, el tiempo fluía lentamente, nada se movía, como en aquel período de confinamiento. Nada cambiaba, todo seguía igual que cuando llegó de aquella dimensión de recuerdos, y solo observaba un punto aleatorio del suelo, esperando la llegada del querubín, aunque eso había quedado a segundo plano, perdiéndose en su mente. Ahora a su alrededor, no veía más que oscuridad, con la tenue luz de los minerales brindando algo de luz a tal pasaje. Ni siquiera le preocupaba lo que hubiera visto Seiran en sus recuerdos, incluso podría haberse olvidado del asunto. Si no se movía… acabaría de nuevo en ese estado de sopor. No quería que él sufriera de nuevo. Tenía que moverse, hacerlo, entrar o marcharse, eso daba exactamente lo mismo. Su pie se movió ligeramente, pero era como si sus fuerzas le abandonasen. ¿Él también tenía algo que ver…? Sus pensamientos fueron interrumpidos por aquel ruido que hizo girar su cabeza hacia la derecha, viendo al ángel medio moribundo, sin heridas físicas, sino con cansancio. Al verlo  caer, no reaccionó con rapidez, sino que se mantuvo parado en el sitio donde se encontraba sentado, con la mano ligeramente extendida hacia el querubín. Su mente solo pensaba que debía ayudarle al menos a sentarse en la pared, o a levantarse, pero algo le impedía hacerlo, algo que ni él mismo comprendía del todo.
Seiran puede que creyese que podía ocultar su nerviosismo, pero era estúpidamente obvio que no le gustaba la cueva, que no quería estar ahí, que el solo hecho de estarlo le ponía la carne de gallina. Quizás solo fuese por su lealtad al rey, sino, no se habría molestado, ¿o sí? No, era mejor que no se metiese en líos por su culpa. Lo ideal hubiera sido que se quedara en el bosque, y así no lo estuviese pasando mal, ni habría caído en un hechizo, ni nada parecido. ¿Por qué se esforzaba tanto? Podía cuidarse por sí solo, estaría bien,no hacía falta que se preocupase…
¿Acabar de volver? Mentira, llevaba ya tiempo, mucho tiempo… ¿Cuánto llevaba ahí? No podía medir el tiempo, no veía los días pasar, ni siquiera oía nada… No pensaba con claridad. Para el monarca había pasado mucho tiempo, pero tan solo había transcurrido una mísera media hora, tan larga como su misma vida —Sí, descansemos—dijo sin reproche alguno. y su vista se centró nuevamente en el suelo.
Descansar era lo mejor que podían hacer, sí, dejar por un rato lo visto, olvidarse de sí mismo y de todo, y descansar tranquilamente…

“Si tiene un hechizo, podrían encerrarnos. Sal”

Esas palabras surcaron sus pensamientos como el rayo, y se estremeció. Cierto era que si había un hechizo de tal calibre, podía quedar encerrado, y sería realmente una molestia que no era adecuada. Un ligero temblor recorrió su espalda; sus ojos de color ámbar comenzaron a aclararse, y a cambiar a color azulino, mientras que sin percatarse, iba recogiendo las piernas contra sí mismo, como si quisiera adoptar posición fetal.
A su alrededor, resonaba la voz del querubín, que parecía llamarlo insistentemente, pero a oídos del rey era un ruido sordo, que no tenía importancia.No quería quedarse para siempre ahí abajo,sería demasiado aburrido y triste… triste… ¡Y una mierda!
Sin razonar en lo más mínimo, se levantó del sitio, dándose la vuelta, y repentinamente, dio un golpe seco en la pared rocosa con su propia cabeza—¡Waaaaaaaaaaaaaah! —sus ojos comenzaron a humedecerse. Uno, dos, tres, cuatro, cinco golpes. Tras éstos, se echó en el suelo, y comenzó a girar en el suelo, luciendo como una alfombra enrollada que rebotaba en las paredes, que era lo mismo que el monarca estaba haciendo, sin parar.
Al chocar contra una y otra pared, tanto él como ellas salían dañadas, y tras repetir el proceso de rebotar entre éstas, paró súbitamente, bocarriba, junto al flequillo tapándole los ojos. Unos hilos de sangre comenzaron a dejarse ver por los laterales de la cabeza del monarca de Safir. Éste reaccionó, moviendo levemente los labios, y tras eso, sentarse en el sitio, siendo un milagro que el suelo de esa parte de la caverna fuera más uniforme que las anteriores, porque sino habría salido más perjudicado.
Una simple cueva con unas trampitas mágicas de mal gusto le intimidaba? No. ¿Qué si quería salir? Quizás, pero no hasta llegar al final, y si estaba lo que había ido a buscar. Se incorporó lentamente, y sus heridas sanaban a velocidad terrorífica. Observó fríamente el camino por el que debía avanzar, emitiendo un aura hostil y desafiante; a continuación, miró al ángel, colocando una mano en la cintura, pensativo.
Sin ningún uso de razocinio, solo hacía la pose para aparentar el falso debate interior, habló —Seiran, si no quieres estar aquí, vete si gustas. No tienes que seguirme. Estaré bien. No he sucumbido a nada, o al menos, eso creo… Aunque con lo terco que eres no aceptarás lo que diga o yo que sé, pero bueno, para qué decir—se rascó sutilmente la mejilla, suspirando  para luego suavizar la mirada, y apoyarse un momento en la pared y mira sonriente al pelinegro, ignorando lo que sea que pudiera decir su acompañante como queja, discurso para refutarle sus intenciones de que marchase tranquilo a la ciudad, y así, que su orgullo no se viese afectado, y además, que no iba a admitir su terquedad al menos delante suya— Solo debo comprobar que nada interfiere con la magia de teletransportación, y así no volverás al bosque o al castillo con una parte del cuerpo menos—chisqueó los dedos— descansamos, y partiré de nuevo hacia dentro. ¡Volveré en menos de un día, así que no te preocupes!—el castaño de ojos ámbar se sentó de nuevo junto al querubín.
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Re: The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

Mensaje por Seiran el Sáb Jun 14, 2014 11:03 am

Era desagradable el sentimiento que sentía, pero ¿Para que negar? No era la primera ni la última vez que su cuerpo caería ante los efectos de sus poderes, demasiado grandes por ley desde el principio de los tiempos. Quizás se habían visto minorados por el tiempo pasado en oscuridad, por su propia mente manchada por la culpabilidad y aquello que jamás habría deseado ver. Su cuerpo se estremeció y únicamente ladeó a un costado su faz, escondiendo su pálida y pulcra piel tras mechones de cabello que ya no poseía las cadenas para mantener firme sus mechones, las mismas, seguían en el suelo, casi inertes a su alrededor, de hecho, el movimiento no les era permitido y cualquiera que quisiera entender como funcionaba aquél hecho, no llegaría a una conclusión plausible. Solo tras breves segundos sus orbes volvieron a entreabrirse y desviarse hacia la imagen del monarca ante él y lo que vio, le sorprendió hasta cierto punto. ¿Por qué esa mirada? ¿Acaso le temía a algo? Sus labios de desconcertados pasaron a formar una ligera sonrisa, como las que solían habitar su faz... Si él había visto el pasado de Chitose ¿Qué le impedía al otro haber visto el propio? ¿Quiso eso? ¿Estaba de acuerdo? No, bajo ningún concepto, no quería que el otro se metiera en asuntos que no le pertenecían, porque cualquier palabra, cualquier acto que hicieran, nada le haría cambiar de parecer, así de tacaño y complicado era en realidad el Querubín de Dios. Pero aun así, no parecía poder calmar la inquietud en el corazón del monarca y eso, no causó más que un silencioso suspiro escapara de sus labios y sus orbes volvieran a cerrarse en un cansino gesto. ¿Por qué mentir? Estaba cansado, tanto que sabía que, aunque fuera capaz de utilizar otro hechizo, en el más seguro de los casos perdería el control, se volvería un arma de destrucción.

Su mente vagó sin sosiego durante todo aquél periodo de tiempo en el que el silencio reino, interrumpido por un repentino grito que hizo sobresaltar al ángel quién abrió sus orbes de diferentes colores de golpe y observó con extrema sorpresa los movimientos frenéticos de su rey. ¿Paranoico? Quizás, lo cierto era que le resultaba imposible entender el por qué de sus repentinos gestos. Solo pudo seguir observándolo con extrema sorpresa y desconcierto, no se movió, incluso cuando comenzó a dar vueltas en el suelo como si cómodamente se encontrara en el palacio. Pero eso no fue todo, en cuanto le vio tendido en el suelo, con heridas en su cuerpo y la sangre que corría por su frente, Seiran empalideció sin poder mantener a raya sus recuerdos de miles de años atrás. Se incorporó de su asiento, aun sujetándose de la roca detrás de él y, aun cuando sus orbes estaban manchadas por una oscura sombra el poder que a su alrededor se levantaba era puro, propio de un ángel, no de un caído. ¿Por qué? ¿Acaso la sangre y la oscuridad siempre le provocarían aquél desagrado? ¿Sería incapaz de escapar de ello? —¿Qué pasa contigo, Chitose? ¿Acaso eres un masoquista?— Le espetó, aun cuando su voz no levantó el volumen usual que solía emprender, más sus palabras estaban cargadas de reprocho y eso, no era complicado de entender. A su alrededor, el paisaje se distorsionó por el cambio de luz, en un principio, aquél pasillo se vio inundado paulatinamente de luz suave, suficiente para dejar ver mejor, sin dañar a la vista, pero luego aquella intensidad se vio cambiada, casi como si la misma luz fuera incapaz de controlarse. El Querubín abrió de golpe sus orbes y sonrió con complicidad, las cadenas que hasta ese momento habían seguido en el suelo comenzaron a moverse, como si volvieran atrás desde el cuerpo ajeno, enrollándose en sus manos, en su cabello a la par, la luz desapareció.

Pero no fue todo, por su desgracia una vez más el monarca habló y esa vez, para llamarlo terco. No supo por qué pero eso le molestó, los ángeles eran orgullosos ¿Quién no sabía eso? Con su mano derecha sujetó su brazo izquierdo y simplemente desvió la mirada de él, aun apoyado en la pared detrás de él. Le dejó hablar, pronunciar a continuación aquello que no quería oír, mucho menos de sus labios. —Aunque seas inmortal no significa que no puedas morir... En ese aspecto eres mucho más mortal que yo.— Su voz resonó en el silencio, sutil, calmada aun cuando él estaba molesto. Conocía su estado como inmortal, como Dios protegería su vida hasta que no lo abandonara por completo. Solo era su creador quién podía quebrantar a su hermosa muñeca. Una sonrisa complicada se dibujó en sus labios, mas continuó. —No quiero.— Pronunció secamente, desviando la mirada a él. Con calma.—Podría volver por mi mismo al castillo o al bosque.— Añadió, entrecerrando su mirada, suspiró y cambió su posición. su mano izquierda pasó a realizar el papel de un suporte para su codo derecho, cuya mano se levantó hasta su mentón y su mirada se tranquilizó, mas pintó de diversión y cierta burla. —No te preocupes por mi, soy mucho mayor que tú y esto más bien es un desacuerdo que tengo con el subsuelo, no es algo de lo que debas preocuparte. Es algo que por mi mismo debo hacer, así que seguiré, también quiero asegurarme de cierta cosa.— Más bien eran muchas las cosas de las que quería ser seguro, entre ellas, suponía que su encierro debía estar en ese lugar. —¿Un día? No es tanto. El tiempo para mi no tiene sentido.— Murmuró con calma, comenzando a avanzar hacia el frente, sin esperar si Chitose le seguía o no. —Un día es igual que un minuto, el tiempo, bajo mi percepción corre mucho más lento. Tanto que resulta desesperante.— No era de sorprenderse pues, dado que simplemente no le prestaba atención. Sus pasos cesaron y su atención se vio atrapada por el techo, en dirección al cielo. ¿Lo echaba de menos? Quizás, en parte.

 
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Mensaje por Chitose el Jue Jun 19, 2014 6:14 pm

El híbrido escuchaba cada palabra, incluído aquel calificativo. ¿Masoquista? Ja, mira quién hablaba, un pollo terco y más masoquista. Si no pensaba estas palabras, se les iba a escapar de la boca, y por ahora, no quería encabritar más al ya de por sí, mosquedo pajarito. ¿Tendría alguna habilidad telepática? Quiera nadie que no. Puede que tuviese empatía… A decir verdad, no había estudiado muy a fondo las habilidades de Seiran. ¿Confianza incondicional? Ni el monarca lo sabía.
Lo que también se preguntaba era si todos los ángeles eran así de… tercos. ¿Por qué no eran capaces de admitir las cosas y ya? Sí, fueron creados por… ese señor hipócrita y bastardo, pero no eran perfectos. Ni siquiera Dios lo era, solo uno más, otro más del rebaño. ¿Ovejas con alas? No, pollos. Gallos con un orgullo que pasa a la media. ¿Era tan difícil el admitir su descontento por la caverna? Noooo, yo soy Seiran, un ángel súper genial que no le tengo miedo a una estúpida cueva, jua jua jua. Y aquí es cuando Chitose añade: "Pero en el fondo quiero largarme pitando de este sitio y no volver a verlo, pero no, soy un ángel, un gran ángel. ¿Miedo yo...? Qué va -más palabrería de ser emplumado procedente del cielo y absurdas autoconvicciones que no se cree ni él, salvo que de verdad se lo crea y se engañe a sí mismo, pffff.
El rey dudaba de la vulnerabilidad de los ángeles. Contra infernos, seres opuestos a ellos, eran iguales, ya que sus esencias eran… contrarias. La siguiente respuesta del querubín hizo que soltase una carjada inevitablemente —Sí, Seiran, eres un viejo, realmente un viejo, a pesar de la apariencia que tienes, jaja. Aunque bueno, yo tengo casi cien años, así que supongo que soy un viejo, pero tú me superas—lo mira divertido, apoyando un codo en su rodilla, y su rostro en una mano—¿Crees que no me había dado cuenta? En algunos aspectos eres fácil de leer, Seiran— sí, en algunos aspectos, como por ejemplo, su disgusto por el subsuelo, aunque en otros, el emplumado ser era algo… tedioso.
—Sí, sí, ya sé tu concepción del tiempo y demás, no hace falta que me lo repitas—en su expresión de ve reflejada el cansancio de oír algo que ya sabía, y se incorpora, siguiendo al ángel, pero ante su parada, le pica con el dedo índice en la frente, solo para hacerlo volver de sus nubes imaginarias—Si te quedas ahí parado, no avanzaremos nada, Seiran—sonríe de manera infantil, y reanuda la marcha, internándose más en aquella caverna en la que se habían adentrado, y donde habían caído en una trampa, y así, cada uno observó parte del pasado del otro. A decir verdad… ¿Qué habría visto el ángel?
La curiosidad crecía en el interior de Chitose, pero no quería sacar a relucir el tema; seguramente, al ser celestial le resultaría… incómodo hablar del tema. Además, ni a él mismo le apetecía la idea de tener que decir algo sobre sí mismo… ¿Quién demonios habría puesto el hechizo? Además, no parecía tener un efecto muy grave, en sí, algo como no poder volver al exterior, o cosa así, ¿o eso era por su habilidad mágica? ¡Qué molesto era tener que pensar tanto!
Súbitamente, dio un parón, y comenzó a olisquear el aire, a la vez que rozaba la pared a su izquierda, y finalmente, miró al frente—Creo que hemos llegado a algún sitio—sin siquiera mirar atrás, el híbrido comenzó de nuevo a avanzar, y en unos pocos minutos, llegó a un espacio mucho más abierto que el túnel donde se encontraba, haciendo que Chitose sonriera de hito a hito, respirando un aire menos viciado, además de estar más iluminado—¡Por fin! Tanto túnel cerrado era cansino—a paso ligero, se colocó en la plataforma que se adentraba en la laguna subterránea, y se quitó sin prisa el calzado, para después, ir metiendo los pies, y empezar a andar, mirando atento por encima del agua, queriendo ver lo que hay debajo. Lo curioso era que en vez de haber tierra, eran baldosas -que caminando a cierta distancia pasaban a ser ya tierra- aunque al rey no le sorprendió para nada. Sin girar la cabeza, dirige la palabra al querubín—¡Seiran! ¡Deberías entrar en el agua, está genial!—dice de forma vivaracha, quizás debido a su gusto por el agua.

Caverna:
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Re: The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

Mensaje por Seiran el Sáb Jun 21, 2014 10:28 am

Chitose, ese era el nombre del rey que por una promesa se vio obligado a cuidar, le resultaba horriblemente fácil entender que en la mente de aquél niño no había más que intenciones de divertirse y alejarse de los deberes del palacio. Pero, las personas en la ciudad sufrirían si no tuvieran alguien que los gobernaba. Siempre había sido así, desde que tenía memoria de la humanidad ellos habían luchado, masacrado, todo por conquistar tierras, por ser señores poderosos, quizás por semejarse a Dios. Pero, eso no era lo que antes le había prometido, esa no era la paz que el señor había proclamado antes de crearlos, en aquél día en el que todo ángel en el cielo estaba ante el creador. La alegría en aquél entonces fue grande, pues ¿Quién más que el creador era la bondad en persona? Y ellos, ángeles por él creados creados, hechos a base de su amor, simples mentiras. Fue así que viéndolo desde lo profundo de la tierra se sintió traicionado por el ser al que le había jurado lealtad. ¿Rebelarse? No tenía un por qué, no aun, su temperamiento estaba demasiado sumido en el sosiego. Pero, en el fondo, demasiadas cosas empezaba a preguntarse, cosas de las que, jamás habría tenido que cuestionarse, solo porque, sabía que eso le empujaría en el pesar y que, no podría volver a salir de él con tanta facilidad. Paró de golpe ante sus palabras. ¿Viejo? Era cierto, había sido creado junto a la tierra y sus seres, incluso antes, solo para... mantener compañía al creador... Quizás era eso, quizás otra cosa, pero... —Tienes razón, pero no importa, soy inmortal.— Y si no lo fuera, quizás uno de sus deseos se verían cumplidos. No fue él quién pidió al creador encerrarlo, siquiera dejar su mente libre para que viera lo que a un lado y otro sucediera, simplemente, seguía pensando que quizás es desaparecer no era una mala idea. Pronunció aquellas palabras con calma, como ya costumbre era en él y, sin mucho pesar volvió a caminar hacia el frente.

Quizás su pena fuera porque tanto los querubín, como los serafín y los tronos, habían sido creados a imagen y semejanza de Dios, como los demás en la escala, sino que, como algunos decían, eran esencia de él y por ello casi sus "hijos". Era triste en el fondo ¿No? Ser traicionado por aquél que había visto como "Padre". Solo cuando sintió aquél ligero picoteo en su frente volvió a tierra firme y siguió los pasos ajenos con calma, escondiendo sus manos entre sus amplas mangas. Su mirada, en valía de la duda se fijó en la figura de Chitose, sus pensamientos, comenzaron a fluir libremente en su mente, sin tener realmente un fundamento fijo. Sus deseos eran simples, pero quizás complicados de entender. ¿Quizás orgullo? Ni habría que preguntarlo, pues si algo Seiran tenía, era un orgullo que siempre mantenía firme, aun cuando no reprochaba ante los insultos más que con calma y tranquilas palabras, pero, sin duda, él mismo tenía un limite a su calma. Aun así, lentamente todo se volvía demasiado complicado y doloroso. "Te molestaría... ¿Me equivoco?... Si no podría cumplir esa promesa" Pensó que aquél mensaje podría llegar hasta él, sin importar donde había llegado después de su destrucción. En sus labios, sin poder esquivar, una sonrisa complicada de entender se formó y sus orbes, volvieron a perder la vista con el techo y se fijó en el frente. era aburrido, tremendamente aburrido todo aquél suceder de roca, roca y más roca, por milenios la había visto y esperaba no tener que volver a encontrarse allí. ¿Dios lo volvería a encerrar como había hecho? No tenía motivo ¿No? Después de todo, sus alas habían dejado de estar manchadas de negro, mas no el blanco inmaculado.

Cuando el claro se formó ante sus ojos, simplemente siguió su marcha, ignorando el correr del rey, mas lo que vio al final de aquél corredor de rocas le dejó desconcertado. No supo reconocerlo al momento, de hecho, en un principio ninguna memoria se formó en su mente más que un vago sentimiento de terror, o quizás no era exactamente eso. Solo supo que, mientras su mirada levemente borrosa únicamente estaba observando aquél extraño pasillo y el agua a su alrededor, cambió drástica-mente en cuanto se encontró con la luz que se reflejaba en el agua desde el techo rocoso. Sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo y aun así, sus pasos le llevaron hasta el extremo de aquél pasillo, solo entonces se dio cuenta del bloque de piedra elevado y recto que había en la mitad del círculo y la sangre que, si bien seca por el pasar del tiempo, seguía manchando los alrededores. Sí, había estado él recostado durante miles de años, sumido en un horrible sueño que jamás le permitió soñar... Tan solo vagar con su mente por toda la tierra y ver el desastre que se estaba formando, mientras Él no hacía más que observar su creación. Aun así, aunque sus pies tocaran el extremo, solo permaneció quieto, en medio de todo y, sin mucho pensar, ni siquiera prestar atención a sus acciones, de su espalda unas alas comenzaron a surgir paulatinamente, hasta extenderse hacia atrás, perdiendo en el proceso unas cuantas plumas. Pensar que eran blancas era un gran error, aquél que poseía buen ojo lo vería, el sutil matiz gris que se apoderó de ellas. Aun así no permaneció quieto, movió sus alas y terminó por levantar el vuelo, creando una corriente de viento a su alrededor. Se levantó y voló hacia la luz, quedando parado en ella, con su mirada perdida en el cielo.
"¿Deseas volver? Noto inquietud en tú corazón. ¿O acaso deseas seguir durmiendo?"
Escuchó una voz retumbar en su cabeza, mas su mirada no cambió, simplemente, olvidó que Chitose también debía estar allí. ¿Deseaba volver? ¿Deseaba seguir durmiendo? No, no deseaba nada de todo ello, no se movió, pero tampoco cayó hacia atrás aun cuando sus alas no siguieron batiendo. El cielo no era lo mismo, no sin él allí, porque lo había matado con sus propias manos, porque había puesto fin a la vida de su querido amigo. Sus orbes se entrecerraron, hasta finalmente cerrarse por completo. No lo podía perdonar, pero siquiera podía odiarlo, simplemente, seguir ese camino que antes o después lo volvería un caído por permanecer demasiado tiempo alejado de él, de su creador. Una simple muñeca, una hermosa muñeca que se había rebelado y dejado guiar por el odio y la desesperación. Lo había encerrado, en aquél lugar, en un infierno personal manchado de sangre. "No. No volveré. No pretendo volver al cielo." Su respuesta desconcertó al creador, quien se adentró en su mente y se formó en cuerpo físico dentro sus párpados. Seiran abrió sus orbes, ligeramente alterados por la rabia, mas como si una mano invisible tapara sus orbes volvió a cerrarlos y se inclinó hacia atrás.
"Así es... Pero no hay lealtad hacia otra persona en tú mente... Si no vuelves pronto, te convertirás en un ángel caído... "
Por un momento su consciencia se borró, por un momento sintió de nuevo el mismo sentimiento de antaño, cuando fue sumergido en el sueño. Aquella mano que cubría sus orbes, aunque invisible a los demás, terminó por quedarse quieta, pero el propio caer hacia atrás del querubín rompió el contacto. Todo signo que él haya sentido de Él desapareció al igual que su aparición. Nada. Su cuerpo cayó contra el agua y fue esta misma la que despertó su consciencia ya dormida, permaneció flotando, entreabriendo sus orbes al momento, sus alas, mojadas, eran incapaces ya de desaparecer por el momento. Se incorporó, pues aparentemente, debajo de la luz, en el preciso lugar donde golpeaba el agua no era mucho más alta que sus rodillas, aun así, permaneció arrodillado y su mano derecha pasó a apoyarse sobre su brazo izquierdo. Las cadenas que hasta ese momento habían estado envueltas alrededor de su cuerpo, una vez más comenzaron a moverse, aun permaneciendo legadas a su cuerpo. Imperceptibles comenzaron a moverse por debajo del agua y de alguna forma, emergieron a gran velocidad del líquido y se encostraron en las paredes de la caverna, muchas de ellas, en todas direcciones y, en algún momento, pequeñas piedras comenzaron a caer del techo en el agua. Destruiría su prisión, a tal punto que nunca podría volver a ser utilizada, de la misma forma, otro hechizo más se activó, simulando gotas carmines cayendo del techo, que una vez en tierra, simplemente se desvanecían como si jamás hubieran existido.
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Re: The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

Mensaje por Chitose el Dom Jun 22, 2014 3:50 pm

Sin prestar mucha atención al ángel, Chitose comenzó a andar en el agua, agachado, para ver mejor lo que había en el fondo de ésta. ¿Cuánto habría pasado desde que había ido a ese lugar? ¿Cincuenta años? Uf, sí que pasaba rápido el tiempo. En eso concordaba con Seiran: Para él, el paso del tiempo no importaba demasiado, porque un día, era un minuto, una pequeñísima parte de su eterna vida. Eso se podía aplicar también en el híbrido, pero aun así, también dependía de cómo pasabas aquellos momentos. Daba igual si eran cortos o largos, mientras uno los disfrute. Eso es algo que aprendió hace tiempo, y no podía olvidar.
Mientras seguía recorriendo el lugar, su vista se fijó en algo oscuro que había en el agua. En el rostro del rey una sonrisa se formó, y fue corriendo hasta el lugar indicado, chapoteando, y rápidamente, metió su mano bajo el líquido cristalino, e incluso su cabeza, colocando aquello entre sus manos, para a continuación volver a incorporarse, alzando el objeto como si fuese un premio, aunque solo era una caja que cabía en la mano del monarca. Tanto estar en la cueva había servido después de todo, a pesar de lo anterior acontecido, pero aun así, ya podía volver al castillo tranquilo, no significando ésto que no lo estaría si no lo hubiera encontrado.
Guardó aquella caja dentro de su chaqueta, y después de cantar victoria, algo hizo que se estremeciese, una presencia santa. Era… ¿ese tipo? Quizás fuera por su mitad inferno, lo que hizo dentro del híbrido se disparó lo que era un instinto agresivo, que lo llevó a comenzar a buscar en el aire al jefe de los cielos, pero al girarse, ya el ángel estaba en el aire, y en instantes cayó al ague, colocándose de rodillas. Chitose se fue acercando, pero las cadenas hicieron que diese un paso atrás, en guardia. Aquella estancia comenzó a temblar, y del techo empezaron a caer lágrimas rojas, cual sangre, y  pequeñas piedras. ¿Eso lo estaba haciendo el querubín…? ¡N-No iría a…!—¡Tú, que todavía estamos dentro! ¡¿Quieres que acabemos como mantequilla?!—vociferó al ser emplumado. ¿Ese tenía algo que ver? ¡Estaba claro que ese tipo solo traía problemas!
Apresurado, chisqueando los dedos, hizo que en sus pies nuevamente apareciera el calzado, y corrío hacia el ángel, percatándose de que cada vez más piedras caían del techo de la caverna. Si se quedaban ahí demasiado tiempo, acabarían hechos puré, y Chitose prefería quedarse sólido, sin ofender, pero no era momento para perderse otra vez en sus pensamientos, sino para correr para salvar la vida, sin más decoro. En su camino al ángel, tuvo que sacar su espada, y cortar varias cadenas, que solo estorbaban en el camino, y así retrasar aunque fuese un segundo el ser aplastado. No tenían tiempo, debían salir. Además, él lo sabía, que al querubín le desagradaba la sangre, solo por su expresión cuando le dio ese… arrebato. Ese hechizo que se había activado era simplemente… molesto, por lo que eso debía cesar.
Finalmente, consiguió llegar al ser celestial, y lo primero que hizo fue cogerlo de la ropa, de la zona alrededor del cuello, y levantarlo del suelo, para ponerlo recto, siendo también una forma de reprocharle por lo que estaba haciendo—Si seguimos aquí acabaremos los dos aplastados. Con lo que has hecho, ésto se derrumbará por sí mismo, así que vamos—decidico, Chitose soltó a Seiran, y colocó su mano izquierda en el hombro derecho del querubín, comenzando a ejecutar el hechizo, desapareciendo ambos como en una luz, pero entonces, sucedió algo que no permitió a Chitose transportarse a sí mismo. Del techo, se desprendió una roca más grande que las otras, cayendo exactamente en el hombro izquierdo del monarca. En ese momento, la clavícula de éste se rompió, cediendo al peso de la dura piedra, y la mano del rey deja de tocar al querubín, perdiendo el equilibrio en la misma pierna, aterrizando en el suelo, ahora él de rodillas. Tenía los ojos abiertos de par en par, notando ese hueso partido, provocando daños tanto en su pulmón como el músculo. Sin pensar más en ello, levantó la cabeza, y vio cómo el querubín, desconcertado, intentaba hacer algo, pero su hechizo de teletransporte ya estaba casi completo… ahora solo quedaba de los hombros hacia arriba. La sonrisa que casi siempre adornaba el rostro del rey brotó en sus labios, pero notó el hueso quebrado alcanzar sus pulmones, y de su boca salió un leve quejido, llevándose primero la meno al pecho, y a continuación a la boca, tosiendo. Al apartar la mano, la miró, viendo rastros de sangre en ella, pero la cerró, apoyando su mano en la rodilla, y miró cómo el ángel terminaba de desvanecerse—Siento no ser más rápido… pero estoy cansado..Sabes lo vago que soy…¿no?—suelta una leve risa, sonriente—Nos vemos… Seiran—tras decir esas últimas palabras, el ángel termino de desaparecer, transformándose en unas pequeñas luces, que igualmente se desvanecieron.
Luego, el rey se tumbó en el suelo, mirando el techo, observando cómo aquella caverna se desmoronaba. ¿Acabar así…? Ni de broma, aunque cierto desasosiego se veía en su rostro, contemplando la posibilidad. ¿Morir? Pff… es que hasta la idea le hacía gracia. Su mirada se desplazó a un espacio vacío, donde no había nada, pero sí alguien. Quizás el ambiente no lo escuchara, pero el híbrido lo hacía… y tras unos pocos minutos, esa conversación llegó a su final.
Chitose dirigió de nuevo su mirada hacia arriba, suspirando. Ahora le tocaba a él. Transportar a una sola era más fácil, pero aunque empezases con dos y terminases con uno, era distinto. Aunque el ruido de las rocas caer más rápido lo ponía bastante nervioso, no tuvo problemas en formular el hechizo, en poco tiempo, se desvaneció en aquel lugar, el cual, por fin, terminó de derrumbarse, quedando inaccesible y roto.
La sensación que recorrió el cuerpo del rey fue extraña, pero no era desagradable, ni incómoda. Era como flotar… flotar en el aire, con suma tranquilidad. Se dejó llevar, hasta que por fin notó algo en su espalda, mullida hierba, que amortiguaba su peso. Mantenía sus ojos cerrados, sin dejar pasar la luz por ellos, pero al mismo tiempo se encontraba consciente. Frunció el entrecejo al sentir cómo se comenzaba a recuperar por sí mismo. Si hubiese sido una estocada o un le hubieran hecho una gran brecha, dolería menos, pero si era un hueso, se tenía que desplazar. Finalmente, Chitose decidió entreabrir los ojos, y lo primero que vio fueron las copas de los árboles, para después pasar a un cabello oscuro. ¿Cabello oscuro…?
El rostro del rey pasó a uno de tranquilidad, y miró al ángel, el cual le miraba con una expresión que mezclaba varias emociones, pero en silencio. El híbrido tampoco dijo ni una palabra, solo lo miró, cerciorándose de que había acabado todo… y sus ojos se cerraron nuevamente, sin ningún esfuerzo, sumergiéndose en un profundo sueño.
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Re: The warm light and the cold darkness |Priv.Seiran|

Mensaje por Seiran el Miér Jun 25, 2014 5:09 pm

¿Qué fin había hecho su hermosa neutralidad? Aquél rostro que permanecía impasible ante todo había encontrado su final. Demacrado por la culpa de sus propios actos su calma perdió ante la desesperación y aun cuando sus orbes permanecieron ensombrecidas y el desastre a su alrededor no cesó. Ahora que el tiempo parecía moverse más despacio se dio cuenta que no había sido la única vez que sucedió. Sus poderes, escapados de control solían causar tragedias y por eso mismo Él se aseguraba que nada malo ocurriera, aunque, quizás, había confiado demasiado en que podría controlar su tristeza. Como un conejo, él podría morir de soledad, como un ser de luz, él se apagaría al sentirse culpable. Perladas lágrimas descendieron de sus orbes, perdiéndose con el agua que ya del golpe anterior había estado presente en su rostro. ¿Había llorado? Nadie se daría cuenta de su amargura, así estaba bien, no era necesario que alguien más se diera cuenta y por ello, agradeció desde lo mas hondo de su corazón que el agua jugara a su favor y ocultara aquello que fue incapaz de contener. Un sutil jadeo escapó de sus labios en cuanto se dio cuenta de haber sobrepasado sus límites desde hacía algún tiempo. Su mano que aun estaba apoyada en el suelo terminó por arañar el suelo y su cabeza cayó levemente hacia abajo en un gesto de dolor, mas las cadenas no parecían prestarle atención a su señor, ya demasiado exhausto y siguieron creciendo, manchándose de sangre que no era verdad, más si ante los ojos aterrados del querubín, quien, aun permanecían en la sombra. Sintió un roce, como el anterior, apoyando invisibles manos sobre sus hombros e, inclinándose hacia delante, a la oreja del ángel.

Un susurro llevado por el viento antes de desaparecer, de sentir al rey de Safir apoyar ambas manos en sus hombros y, fue en ese preciso instante que todo paró, como despertado de un sueño su mirada se levantó de golpe y las cadenas frenéticas hasta ese momento permanecieron quietas, expectantes. Intentó frenar las acciones del rey, incapaz de poder hacerlo con sus poderes, fue teletransportado en luz al bosque donde todo comenzó. Sus orbes por inercia se cerraron y la consciencia lo abandonó antes de poder pronunciar queja alguna. El tiempo paró, su cuerpo tendido en medio del bosque y aun así nada podía despertar su alma durmiente. Lo había visto, había visto a Chitose lesionarse, pensar que su deber era proteger al rey y en el fondo, fue culpa suya que se lastimara y en el fondo, tampoco sabía como frenar sus poderes, que amenazaban por romper su cuerpo si seguían aun más presionando aquél cuerpo impuro. Su corazón cesó de latir si es que tuviera uno e, incluso su respiración pareció cesar en algún momento. ¿Muerto? Imposible, pues la inmortalidad seguía viajando por todo su cuerpo y así fue, una vez más la respiración volvió a él, su corazón, jamás había dejado de funcionar, aun si fuera inexistente y así, una vez más se vio traído de vuelta al mundo real. Sus orbes se abrieron levemente y antes de volver a ver con claridad, permaneció en el suelo, tendido como estaba. ¿Qué había sucedido? Ah... cierto... ¡El rey! Con cierta dificultad se incorporó aun cuando su cabeza daba vueltas y prefirió permanecer sentado, sin prestar atención a si sus largos cabellos tocaban o no el suelo y si sus alas estaban o no aun mojadas. Solo miró a su alrededor, intentando ver más allá de las usuales figuras dando vueltas a su alrededor.

Qué desagradable...— Fue su único susurro antes de esbozar una complicada sonrisa. Sus orbes, se entrecerraron y allí lo vio, como el cuerpo del rey aparecía no demasiado lejos de él. Con la misma complicada sonrisa en sus labios se incorporó y acercó hasta él. ¿Cuál sería su destino? Más manchado de lo que ya estaba no podía llegar a serlo, no sin convertirse en un desgraciado caído, pero, aun así, el permanecer allí por más tiempo no le pareció una alternativa. Le había herido con sus poderes, había causado que una gruta se destruyera por un simple capricho y, había estado a punto de romper una promesa. Con el gesto de la mano intentó deshacerse del agua que empapaban su extravagantes ropajes mas pronto se dio por vencido y una vez más bajó su mirada al monarca. Odio, cariño, en aquél momento no supo que sentir y, sin pre-aviso dio unos pasos hacia el frente, quedando a breves metros del rey. —Está bien... No eres el tipo de persona que muera por eso...— Un círculo mágico se formó en blanco bajo el rey, su deber sería cuidar de su cuerpo inerte hasta que alguien del castillo llegara ante su llamado y, aun cuando sus poderes no dieron a más, no dudó en extender sus alas a un lado y otro y a surcar el cielo dejando atrás solo plumas de un ligero toque grisáceo. Podía volver al cielo, sería bien recibido pero, volviendo significaría deshacerse de aquellas alas que le daban la libertad, estaría encerrado en un paraíso que no quería, para siempre y aun así, siquiera la idea de volver al palacio de Safir le agradó, así que, únicamente se dejaría guiar por la inercia, hasta que su cuerpo dejara de responder ante sus ordenes. Solo eso.       
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